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Mamá, estoy gordo

Hace ya una veintena de años recuerdo mis días de niño en el barrio castellonense de Rafalafena. Desde que salíamos de clase, ya fuera a mediodía o por la tarde, íbamos en grupo con todo nuestro ímpetu a invadir las calles, plazas y descampados a jugar un partido de fútbol. El terreno de juego podía ser cualquier espacio que no tuviera ningún obstáculo intermedio entre dos paredes (que no necesariamente debieran ser paralelas) o superficies planas verticales que tuvieran algún objeto que pudiera servir para identificar los palos de una portería. Como árboles o los postes de la valla del parque. La altura del larguero, se definía a consenso y no era necesario ningún elemento de referencia.


Y era allí, en aquel improvisado y efímero templo del deporte de barrio donde pasábamos nuestro tiempo, hacíamos nuestras amistades y aprendíamos un poco cada día de la vida. Y cuando digo aprender de la vida, incluyo las hostias contra aquellos postes improvisados o contra el mismo firme. Todo curtía.


Hace unos días me llegó un tweet que decía que la obesidad infantil había aumentado después de la pandemia. El tweet estaba vinculado al de lo otro twittero que armaba sus 140 caracteres para lanzar la granada conceptual de que aquello se debía a que los niños no podían salir a la calle. Y cuanta verdad tenía aquel twittero.


Tenía razón, sí, pero tampoco le vamos a cargar al bicho el hecho de que nuestros niños estén gordos. Sería como decir que antes de la pandemia no utilizábamos papel higiénico. Alomejor cagábamos menos, pero seguíamos cagando.


El hecho de que haya más niños gordos es un hecho circunstancial que no hace más que agravar un problema de enorme trascendencia en el ámbito de la salud, y por ende, social y económico.


Tampoco los niños deben cargar con este muerto (o este gordo), cuando ellos son simplemente el cliente final. Los niños lo único que ven son los carteles de “prohibido jugar a la pelota” en esas calles, plazas y descampados donde antes se producían las batallas de esféricos. Porque ahora, todo molesta. Ahora todo el mundo tiene derecho a mantener su imperturbable paz en todo momento y cómo iba a ser posible eso con todos esos niños correteando y disparando a quemarropa su balón de plástico. Ahora parece que las bolas sean de demolición.

Las cosas se ven ahora desde otra perspectiva. Una perspectiva cuidada y decorada con colores y eslóganes por fuera. Una perspectiva distorsionada y banal por dentro. Como la del NutriScore, que le da a la CocaCola Zero mejor nota que al aceite de oliva. Porque quién no se ha enchufado nunca para desayunar unas tostaditas con un chorrito de CocaCola por encima.

Los niños siguen haciendo lo mismo que hace 20 años. Siguen viendo a los otros niños, siguen interactuando con los otros niños y siguen jugando con los otros niños. Aunque eso, ahora lo hacen con directos, redes sociales y videojuegos. Respectivamente. La red es la calle de los 2000 fragmentada en cientos de habitaciones. En cientos de pantallas. Que quedan libres de cualquier restricción de plaza. Es en esa burbuja de realidad infinita donde pasan su tiempo, hacen sus amistades y aprenden un poco cada día de la vida. De la vida que ellos eligen ver.


Los niños siguen juntos. Siguen hablando. Siguen comunicando. Pero cada vez están más acomodados en la seguridad de su casa. A salvo de cualquier balón que accidentalmente les pueda alcanzar.


Aunque lo que está pasando es que tampoco les está alcanzando la vida. Porque vivir es moverse. Vivir es correr. Andar. Descubrir. Descubrir este mundo.


Sin todo ello, lo único que ven y pueden decir es:


- Mama, estoy gordo.


- Hijo, te falta calle.




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